Susy
Duarte
Yo te hago daño
Déjate transformar por este viaje llamado vida
«Este letrero me ayudó a redactarlo mi mami con letras grandes y lo colocamos en la puerta de mi cuarto».
¿Qué pasa cuando la persona que debería protegerte es la misma que te destruye? Sobreviví a un accidente que me arrebató demasiadas cosas, entre ellas la certeza de mi pasado. A través de este viaje, exploro los rincones más oscuros de la dependencia emocional y el trauma físico. Estas páginas son una autopsia de una relación tóxica, pero también el despertar de una mujer que aprendió que estar «rota» no significa estar incompleta. Esta es una invitación a dejar de hacernos daño y a mirar el mundo con una claridad que solo el dolor puede otorgar.
© 2021
© 2021
Susy Duarte
Mayra Susana García Duarte nació en México en 1997 y es hija única. Estudió la licenciatura en enfermería, la cual culminó en 2022, justo un año antes del accidente.
A partir de ese momento su vida cambió por completo, lo que la llevó a comprender que la valentía es lo único que jamás se debe perder, incluso ante la situación más difícil. Ella demuestra que, aunque se pierda todo, siempre hay que ser valiente.
Contáctame
Escríbeme
Sígueme en redes
Yo te hago daño
«Este letrero me ayudó a redactarlo mi mami con letras grandes y lo colocamos en la puerta de mi cuarto».
¿Qué pasa cuando la persona que debería protegerte es la misma que te destruye? Sobreviví a un accidente que me arrebató demasiadas cosas, entre ellas la certeza de mi pasado. A través de este viaje, exploro los rincones más oscuros de la dependencia emocional y el trauma físico. Estas páginas son una autopsia de una relación tóxica, pero también el despertar de una mujer que aprendió que estar «rota» no significa estar incompleta. Esta es una invitación a dejar de hacernos daño y a mirar el mundo con una claridad que solo el dolor puede otorgar.
Yo te hago daño
Capítulo 1
CAPÍTULO I. ESE DÍA ME MENTISTE
Dicen que uno solo muere una vez, pero yo sé que es mentira. Yo morí un martes de mayo, entre el olor a vodka y el sonido del metal retorciéndose en el lodo. Tenía veinticinco años, el cabello rizado oculto bajo químicos y un vestido naranja con flores que prometía una noche perfecta. Esa fue la última vez que fui yo; lo que quedó después, entre los restos de un auto y un canal oscuro, fue solo un eco.
Ese día me presenté a trabajar con la ligereza de quien cree que el mañana está garantizado. Cumplí con mi jornada pensando que sería un martes cualquiera, que regresaría a casa a la hora de siempre y que, al despertar, la rutina me estaría esperando intacta. No sabía que estaba viviendo mis últimas horas.
Al salir, Marcelino pasó por mí. El plan era simple: una cantina, música y nosotros. Recuerdo que la banda que queríamos escuchar se presentaba tarde, por lo que se salía del horario que mis padres me habían permitido. En un acto de rebeldía que hoy me parece una cruel ironía, pedí permiso para quedarme un poco más. Quería exprimirle tiempo a la vida.
Bailamos, reímos y el mundo parecía reducirse a ese rincón lleno de ruido y humo. Entre el estruendo de la banda y los brindis de vodka, él me miró con una sonrisa que en ese momento me pareció sincera.
—Por ti y por mí. Quiero estar contigo. Te quiero —me dijo.
Yo levanté mi vaso, con lo cual sellé, sin saberlo, mi propia sentencia.
—Por ti y por mí, porque estamos viviendo este momento.
Fue la última vez que celebré la vida antes de que él me la arrebatara en una curva.
Nos pusimos en marcha y, con la prisa mordiéndome los talones, le pedí que acelerara. En ese momento, mi mente solo habitaba en el futuro: llegar, dormir, despertar para un nuevo turno. Estaba ciega; ignoraba que su cuerpo era una marioneta del alcohol y que apenas podía mantenerse en pie. Mi única urgencia era la cama, sin sospechar que el destino ya nos había reservado una habitación de hospital.
A solo cinco minutos de mi lugar seguro, mi hogar, el auto se rindió ante la gravedad. El impacto me robó la libertad y la corriente del lodo se encargó del resto. Pero lo peor no fue el agua, sino la bajeza humana: sombras sin alma nos esculcaron mientras nos desangrábamos. Prefirieron el botín antes que nuestra supervivencia. La humanidad, a veces, es solo basura. Los trabajadores de una gasolinera observaron que nos accidentamos y llamaron de inmediato a una ambulancia; fue la acción que salvó mi vida.
El diagnóstico médico era una sopa de letras técnica y aterradora. Palabras como fractura de Le Fort III o hemorragia subaracnoidea no eran solo términos que estudié en la facultad; eran la confirmación de que mi rostro se había separado de mi cráneo y que mi cerebro se había apagado durante dieciséis minutos. Dieciséis minutos de nada. Suena a poco, pero es tiempo suficiente para que el alma se mude de cuerpo.
—Hola, mi amor, ya estoy aquí —dijo una voz suave. La miré con la mente en blanco. ¿Debería conocerla?
»Hola, ¿sabes quién soy? —preguntó ella. Negué con la cabeza.
»A ver, una pista: tú eres mi sol. ¿Sabes quién soy?
—Ah... pues, la mamá del sol.
Capítulo 2
CAPÍTULO II. VUELTAS DE TERROR
Terapia Intensiva es un mundo sin sonido, donde el tiempo se mide al ritmo mecánico de los respiradores. Mi boca, la misma que usaba para reír o explicar procedimientos a mis pacientes, ahora era solo una vía de acceso para un tubo de plástico que me mantenía anclada a la vida.
Un día, el aire se volvió denso. Me estaba muriendo por segunda vez; un nuevo evento vascular cerebral intentaba apagarme. En medio del caos, el hospital llamó a mis padres con una petición absurda: «Traigan un cortaúñas de inmediato». Fue una mentira piadosa, un código desesperado para que corrieran a despedirse de mí sin que el terror los paralizara en el camino. Cuando llegaron, con el paquete aún sellado en las manos, yo ya había sido rescatada del borde del abismo. El cortaúñas se quedó allí, sobre la mesa, como un recordatorio mudo de la muerte que ese día no pudo llevarse nada.
Siete días después, la oscuridad de la UCI quedó atrás, pero el aislamiento continuaba. Me trasladaron a traumatología, separada del mundo por una bacteria que «pesqué» en las aguas negras del canal; un regalo podrido de la noche del accidente.
En ese silencio, le confesé a mi madre un secreto: «Alguien cantaba mientras yo no estaba». Ella, con lágrimas en los ojos, asintió. Me había arrullado con canciones de cuna durante mi coma, enviando su voz para que yo encontrara el camino de regreso. Los pacientes en coma escuchan, lo sé ahora. Escuchamos el amor y también las sentencias de muerte que se susurran al pie de la cama.
Tengan cuidado con lo que dicen frente a un cuerpo dormido; el alma siempre está alerta.
Al salir de terapia intensiva, les dieron a mis padres la noticia de que había un alto riesgo de que perdiera la pierna. La herida abierta presentaba una infección importante que podría diseminarse al hueso o al tendón, lo cual podría resultar fatal. Si esa infección no cedía, tendrían que amputarme la pierna.
Llegué a la hospitalización con el cuerpo marcado: heridas abiertas en el pie, el costado de la cadera, la oreja y la cabeza. Lo que siguió fue una batalla de ocho limpiezas quirúrgicas; ocho entradas al quirófano con un solo objetivo: derrotar la infección y salvar mi pie.
El doctor que me recibió en traumatología programaba todas las limpiezas quirúrgicas por las noches para realizarlas personalmente y asegurarse de que se hicieran. Él hizo todo lo posible por salvar mi pie. Con su labor logró que no perdiera más de lo que ya había perdido.
La herida en la oreja era importante; tuvieron que coserla nuevamente y realizar una limpieza profunda cada tercer día. Me realizaban curaciones en las múltiples heridas de mi cuerpo. Las primeras que cerraron fueron dos que tenía en la parte superior de mi cráneo; después, la de mi cadera, luego la de mi oreja y, por último, la de mi pie. Esta última herida cerró al regenerarse la piel faltante.
Normalmente tenía una tos remanente de la neumonía que me había atacado. Un día en el hospital, la tos comenzó como un picor inocente y se transformó en un ataque violento y agresivo: una lucha interna para expulsar un intruso. Toser dolió más que las fracturas, hasta que, finalmente, algo sólido golpeó las sábanas. Era un objeto blanco, pequeño, extraño.
Era mi canino derecho. Mi propio diente había viajado por mi tráquea durante el impacto hasta alojarse en mi pulmón derecho, donde había permanecido durante semanas, como una bala que no se atrevía a estallar. El cirujano maxilofacial no podía creerlo: aquel trozo de hueso estuvo a milímetros de perforar el tejido y de terminar el trabajo que el accidente había iniciado. Una vez más, la muerte me había rozado y se había retirado, asombrada de mi resistencia.
La amnesia es una habitación sin ventanas. Cada vez que mi madre entraba por la puerta, era una sorpresa bendita, un regalo que mi cerebro ya había borrado unos minutos antes. Olvidaba las caras de los médicos, olvidaba que mis piernas no funcionaban, olvidaba el dolor… hasta que apareció el catéter central.
En un momento de confusión neurológica, sola frente al quirófano, sentí un plástico extraño bajo mi cuello, sin entender que algo así me conectaba directamente con la vena cava y con mi corazón; para mí solo era un estorbo. Con la fuerza de la desesperación y de la ignorancia sobre mi situación, tiré. Tiré con rabia hasta arrancarlo de mi carne. La sangre y el dolor fueron el precio de mi confusión. Los médicos corrieron, mis padres temblaron de nuevo, pero mi corazón siguió latiendo. No era mi hora. No importa cuánto daño me hiciera, simplemente no podía morir.
La vida da vueltas de terror. Mes y medio después, abandoné el hospital. El mismo edificio donde meses atrás yo caminaba orgullosa con mi uniforme de enfermera —mi uniforme blanco—, atendiendo a otros, era ahora el que me devolvía a casa en una silla de ruedas.
Regresé a una casa que ya no era la misma. Mis padres acondicionaron un cuarto en la planta baja; un nuevo ecosistema para alguien que ya no podía subir escaleras, para alguien que había olvidado cómo caminar. Estaba viva, sí, pero el regreso no se sentía como una victoria, sino como el inicio de una larga y dolorosa reconstrucción de un ser roto en mil pedazos.
Todavía con heridas abiertas y curaciones pendientes, llegué con la necesidad de un lugar donde pudiera estar segura y recibir los cuidados que aún necesitaba


